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epistolarios

Todas as cartas con José González Carbalho

JOSÉ GONZÁLEZ CARBALHO
1899 Bos Aires, Arxentina - 1958 Bos Aires, Arxentina

TODAS                  Recibidas de José González Carbalho (1)       |         Carta: 1 a 1 de 1
Remitente/s:
JOSÉ GONZÁLEZ CARBALHO
Destinatarios/as:
LUÍS SEOANE
Orixe
Vigo, Galicia, España
Destino
S.l.
Ficha descritiva
[Carta manuscrita]

Localización física
Fundación Luis Seoane

[s/d]

Mi día de llegada a Vigo
(Impresión con aire de carta)
Amanecía cuando entramos a Vigo. Agazapadas en la bruma, alcancé a ver dos islas vigilantes, entre las que el Laennea pasaba silencioso. Y apareció la inmensa bahía en un profundo éxtasis de plata: y pálidas luces, barcas a velas deslizándose rápidas sobre el agua y el círculo erguido de la costa. Manuel Colmeiro, el pintor gallego que bajaría en El Havre, iba enumerando las poblaciones y a su vez despertaban, iluminándose. Ahora la luz es rosada, azul, verde. Y yo vuelvo a mi infancia, cuando mi padre, de sobremesa, hablaba de la ría natal. [Quise entrar a España por la puerta de Vigo y aquí estoy, con llanto en los ojos, dispuesto a que echemos una parrafada, tierra de mis mayores. Así decía entre mí, oyendo a Colmeiro, su emocionada enumeración, sin responderle palabra. Veíame como ser imaginado más que real. Este era yo; el que soñé este viaje. Y lo realizaba. Lo soñé de niño, oyendo a mi padre hablar de tu hermosura, oh Vigo. Después lo soñé, tocada el alma de nostalgias y anhelos. Lates en mis venas, tienes una afirmación de tiempo en mi sangre. Y ante mis ojos despiertas, ciudad marinera, en un círculo que me va abrazando. Tus techos rosados, tus casas de piedra, tu vegetación generosa. Ondula el terreno en un movimiento equilibrado musicalmente. Y siento la embriaguez que se experimenta cuando nace un amor. –Que al morir– rezo– me cubran con sábanas de este aire balsámico y anide en mis oídos esta música de rumores. Y tú me respondes con tu mañana de generosos augurios, vieja ciudad, anterior patria mía.
Ya cae la planchada. Estamos descendiendo. Pienso que deberían tocar el polvo del suelo y persignarse con él. Y me oprimen de pronto las manos de Paco Fernández del Riego, el gran escritor amigo, que me presenta al poeta Emilio Álvarez Blázquez. Me llevan del brazo. A no ser así, sabedlo, caería, que la emoción me acorta las fuerzas. Pero me reconforta el almuerzo, al que se uno el poeta Celso Emilio Ferreiro, otro gallego de ojos azules. Comemos ostras y centolla, rociados con vino del ribeiro. Del Riego hace alarde de erudición nombrando peces y mariscos. Para el café, subimos en automóvil al parque del Castro. Desde allí veo la bahía a la inversa de mi entrada a Vigo. Comprobaré más tarde que desde cualquier ángulo que se mire, la bahía, su agua de un alucinante verde, se contempla siempre. Las gentes llevan grabada en sus ojos esta natural grandeza. Y la lírica niebla que es frecuente a la distancia. Tu padre nació hacia allá –habla Del Riego extendiendo el brazo– en el Valle Miñor, puedes ir en tranvía.
Y regresamos, ya sin el auto, descendiendo con lentitud la pendiente llena de sorpresas, entre residencias envueltas en un hálito virgiliano que invitan al ocio, a la labor creadora. La tarde resplandece. Los pinos extienden su umbrosa cabellera. Hay pájaros que cantan con cristal tan puro que obligan a callar. La claridad es también un cristal purísimo. Cierto es que hablamos de poesía, de acuerdo todos en que el nombre de Antonio Machado se hermana con el de Fray Luis. Un clásico. Conjúgase todo en una misma atmósfera: el paisaje, estos hermanos sin apuro, la conversación. Inesperadamente, oigo mi voz, digo que ni a la hora de la siesta callan los pájaros y mi voz no disuena en el ámbito, entre estas casas, en la pendiente que conduce al centro animado de Vigo, bajo esa luz que es fresca y cálida, nueva y antigua. Entonces me siento inauditamente dichoso y quedaría sentado sobre una piedra, como esa mujer que toma el sol, la cabeza cubierta por un pañuelo oscuro. Oyendo al tiempo. Mi padre me dice desde mi corazón: “Está bien, hijo mío”. Y le respondo: “Sabes que vine a encontrarte en tu tierra, porque no era posible tanto tiempo sin verte”. ¿Sería exagerado decir que voy sabiendo quién soy, que comprendo mejor cuanto pienso, con estas cosas? A mi lado mis amigos, seguimos andando. “Sí, –dice del Riego– la austeridad de Machado se encuentra sólo en los clásicos...” Y un jilguero alza su voz, levantándonos en su trino, sosteniéndonos en el aire un instante en que el cálculo del tiempo se pierde y puede ser eternidad.

González Carbalho

Querido amigo Seoane:

Vd. me pidió las impresiones de mi primer día en Vigo. Aquí van. No reflejan sino una parte de lo mucho que siento. Vd. se sentirá deseoso de estar con nosotros. Y Maruja también. Los hemos recordado con verdadero cariño. Aquí los siento, en toda esta maravilla de carácter y de color que es Vigo. Me he deleitado andando por la ciudad, solo, viendo las sardineras a las que siempre se acerca un gato ilusionado. Me encanta ver como camina la gente, su ritmo, por las pendientes. He visto mujeres con verdaderos huertos en la cabeza. Qué tema las verduleras para pintar! La gente aquí es excepcionalmente hermosa y buena. Hablar por las calles con alguien es recibir una atención. Si les viene bien, háblenle a Maceira y a Angelita diciéndoles que los recuerdo a cada paso. Un abrazo para Vds. de

González Carbalho
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